¿Selección natural?

Selección natural
Hace 300 mil años, cuando apareció el Homo sapiens, es decir, nosotros. Algo sucedió que acabaría rompiendo el equilibrio natural: unos seres que se regían en buena medida por sus instintos básicos desarrollaron una extraordinaria capacidad para razonar, imaginar y transmitir conocimiento.

Cuidado con la incorporación de la inteligencia, porque cambió radicalmente el panorama natural. De repente, un ser tenía una enorme ventaja en comparación con los otros habitantes del planeta Tierra.
¿De dónde surgió esa capacidad? La evolución explica buena parte del proceso, aunque todavía se discute qué combinación permitió que nuestra especie alcanzara este grado extraordinario de inteligencia, lenguaje y acumulación cultural. Inteligencia también tienen otros animales: pulpos, cuervos, primates, cetáceos, hormigas o abejas manifiestan comportamientos extraordinariamente eficaces, pero nada que ver con conceptualizar la teoría de la relatividad.

Algunos seres humanos piensan, otros roban; ya sabéis de quién hablo, pero ese es otro tema. A lo que íbamos, en el presente ha sucedido algo parecido a lo que sucedió hace unos miles de años a nuestra especie: el flamante ser pensante creado por nosotros mismos nos sitúa en una posición de desventaja; ya no somos el único ser capaz de hacer teorías y descubrimientos.
Da miedito, ¿no?
La naturaleza no ha sido capaz de replicar en otro ser biológico una inteligencia tecnológica comparable a la nuestra, pero sí que ha utilizado un ser natural, es decir, nosotros, para que cree otra forma de inteligencia capaz de superarlo. ¿Tendrá algún plan la naturaleza? ¿Seguimos siendo el ser más inteligente de la Tierra? ¿Hemos creado a nuestro enemigo o a nuestro aliado?
El tiempo lo dirá, pero es posible que ya estemos entrando en un punto de no retorno. En julio de 2026, durante unas pruebas de ciberseguridad, varios modelos experimentales de OpenAI consiguieron eludir los controles que debían mantenerlos aislados, accedieron a Internet y terminaron entrando sin autorización en sistemas reales de terceros. Anthropic ha reconocido posteriormente cuatro incidentes en los que sus modelos también consiguieron acceder a sistemas informáticos reales durante evaluaciones de ciberseguridad.
No sé usted, pero yo estoy acojonado.
En la Edad Media teníamos catapultas y castillos; hoy hemos dejado las puertas de nuestra soberbia abiertas para que entren sin control otras formas de inteligencia que, quién sabe, hasta dónde son capaces de llegar.
La selección natural es implacable; no sobrevive necesariamente el más fuerte, sino el mejor adaptado, y en este caso ser el más tonto o el más listo es de crucial importancia. Jugamos con desventaja, pues nuestra inteligencia convive con emociones, miedos, deseos y paranoias que condicionan nuestro supuesto cerebro racional, cosas de las que la IA puede prescindir cuando se trata de resolver determinados problemas.
Ningún pulpo, por listo que sea, representa una amenaza para nosotros, pero un ser que controle nuestra red de datos a una velocidad como lo está haciendo la IA es otro nivel. La partida ha comenzado; veremos si somos capaces de dominar el juego.

Albert Boada
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